Armin Franulic

La leyenda, el héroe y el hombre

El protagonista de hoy es un digno representante del final de una época en la que el deporte de la tuerca en Bolivia era casi mitológico y acaparaba la atención de multitudes.

Se trata de una figura altamente carismática, conquistadora de grandes afectos y de grandes proezas, de esas de largo aliento, de esas que abrían camino, de esas que recorrían el país de norte a sur, de este a oeste. 

Hablamos de un verdadero amante de los fierros que aceleraba a fondo sin especulaciones para llegar triunfante a la meta y regalarle a su público un verdadero espectáculo.

A finales de los años setenta apareció en escena el paceño de barba que escribió con letras de oro su nombre como 8 veces Campeón nacional y 5 veces ganador del Gran Premio, algunas de las tantas hazañas logradas en más de tres décadas de brillante carrera deportiva.

NIÑO AL VOLANTE

Armin Franulic Koernig, de 77 años, nació en septiembre de 1943 en La Paz, Bolivia. Su padre, Juan Franulic –dedicado a la actividad minera–  formó, junto a su esposa María Koernig, una familia de cinco hijos. El número cuatro, Armin, asistía a la primaria del Colegio San Calixto de La Paz sin imaginar que un día llegaría a convertirse en un legendario piloto de autos, aunque siempre se sintió seducido por el riesgo y el peligro.

¿Qué es lo que más recuerda de su infancia?

Armin Franulic (A.F.): De muy chico –puedo decir que a los 8, 9 años–, vivíamos al final de la Sánchez Lima donde hoy en día está la bajada que lleva a la Avenida Kantutani; en esa época no había nada por ahí, era calle muerta. Al frente mío, en un callejón, vivía el piloto Oscar Crespo.

Con frecuencia mi padre me daba las llaves para guardar el auto, y curiosamente me las daba a mí; no se las daba a mis hermanos mayores.

Todas las mañanas, el chofer de la familia, Manuel Vargas, llegaba a nuestra casa manejando un gran camión… Recuerdo que él me despertaba y me hacía manejar el camión. Bajaba la Rosendo Gutiérrez hasta la Plaza Abaroa, de allí hasta la Sánchez Lima y después a la casa para irme al colegio. Y bueno, así fue que yo empecé a manejar. Yo no sé por qué Manuel me buscaba a mí y no así a mis hermanos; seguramente vio mi afición por los autos y por su cuenta tomó la determinación de hacerlo.

Cuando tenía unos 12 años, ya conducía perfectamente y lo llevaba a mi padre en una camioneta Chevrolet hasta Huancapampa, a la hacienda donde él tenía la base de operaciones de su actividad, en la zona de Palca. En mi mente –como reto personal– iba calculando los tiempos: “Si hoy día hice una hora diez, mañana haré una hora nueve” y así… Es decir que desde muy chico empezó mi afán por los vehículos.

OLIENDO AUTOS

Más adelante solía darme una vuelta por la Plaza España donde tenía su oficina, su taller, su negocio el piloto Oscar Crespo y donde estaba su auto de carreras… Los tres que estaban siempre juntos eran Willy Bendeck, Dieter Hübner y Oscar Crespo. El primero me dijo una vez: “¿Qué andas oliendo tanto los autos?, ¿por qué no corres de una buena vez?” Yo tenía 17, 18 años…

Estudió dos años de Ingeniería Petrolera en Estados Unidos, y el año ‘63 regresó a su natal Bolivia conduciendo una camioneta que atravesó el país del Norte, México, El Salvador, Panamá y Perú, en compañía de un perro.

De acuerdo al periodista Mario Roque Cayoja, en la publicación titulada Memoria Tuerca 4G (2020), Franulic tuvo un primer encuentro con el automovilismo en 1964 en calidad de copiloto de Gonzalo “Mosquita” Monrroy en el circuito “Ciudad de La Paz” que se desarrollaba en la pampa alteña.

A los 24, el joven que no se perdía las carreras de autos donde admiraba las actuaciones de los héroes del volante de la época, contrajo nupcias con Mercedes Davalillo, con quien tuvo tres hijos varones, mismos que heredaron la afición paterna e incursionaron en competencias de bicicross, karting y automovilismo deportivo.

Desde muy joven, Franulic estuvo ligado a los negocios; primero involucrado en la actividad minera, después dedicado a la exportación de café y más tarde a la comercialización de carburantes.

TRES DÉCADAS DE SACARSE EL GUSTITO

Cuéntenos sobre su debut como corredor de autos…

A.F.: Fue el año ‘76 cuando ya más o menos estaba consolidada mi persona, mi familia, mi trabajo. Yo tenía 33 años y un día le dije a mi señora: “Voy a correr este Gran Premio para sacarme el gustito”. Me compré un auto modelo Torino de industria argentina para competir en la categoría Fuerza Libre.

Si bien su debut incluyó un vuelco, meses después se inscribió en la “Doble Copacabana” de la mano de su acompañante de aventuras, Eduardo Berdegué y de un Ford Escort importado, llegando a superar en una etapa y por “el largo de una mesa” al entonces experimentado Oscar Crespo, también conocido como “El Caballero de las Rutas”.

El gustito no terminó en esa primera competencia, ¿cierto?

A.F.: El gustito duró más de treinta años… Llegando a La Paz le pedí a Galindo, a Huguito, que me trajera un auto de Inglaterra, un Ford Escort. Lo trajo lógicamente usado y cuando llegó, yo no sabía de mecánica, no sabía nada de nada en esa época. El auto no funcionaba y me acuerdo que le presté a Dieter (Hübner) una pieza que le faltaba para correr una “Vuelta a La Paz”. Bueno, pasaron unos meses y arreglé el auto para la “Doble Copacabana”.

“La tercera es la vencida”, dicen, y en 1977, en una competencia en la planicie de tierra de Karachipampa (Potosí), el ex corredor probó, por primera vez, el dulce sabor de la victoria.

Tras esa competencia, Franulic no paró más, construyendo una historia marcada por el éxito y la popularidad. Ganó 8 títulos nacionales (1984, 1985, 1986, 1987, 1988, 1992, 1995 y 2007) y obtuvo 5 Grandes Premios (1989, 1992, 1998, 1999, 2007). Compitió en 183 carreras y ganó 123 a lo largo de más de treinta años de actividad deportiva.

Eran tiempos en los que Dieter Hübner, Oscar Crespo, Carlos Hugo “Chino” Méndez, Armando Paravicini y René Rocha, entre otros, arrasaban en el automovilismo y con quienes Franulic libró épicas batallas en los accidentados caminos del país.

Los Grandes Premios duraban alrededor de 12 días y recorrían hasta 5.000 kilómetros; el Circuito “Oscar Crespo” contemplaba 10 vueltas a la ciudad de Sucre y la Integración del Oriente duraba por lo menos 8 jornadas… “Dormíamos en el suelo, la gente nos daba las duchas que consistían en un turril y una pitita que se jalaba”, recuerda nuestro entrevistado con tono divertido y, al mismo tiempo, melancólico.

Recorrió el país de punta a punta y en todas las poblaciones a las que llegaba, el hombre sensible, cálido y carismático, se entregaba por completo a la gente que lo recibía como a un verdadero héroe.

Durante las competencias, terminaba una etapa y tomaba las riendas de su negocio de exportación de café, por lo que su auxilio transportaba un equipo de comunicación de alta frecuencia, comúnmente conocido como “radio”.

PELIGRO AL ACECHO

Los 80’s y 90’s fueron años de alto voltaje en la vida del amo y señor de los caminos. Si bien logró récords únicos e inmortales, también tuvo que sobrellevar momentos amargos: accidentes propios y ajenos; desafortunados episodios que afectaron a espectadores; y la pérdida irreversible de amigos cercanos que se esfumaron en las rutas del peligro.

Atentado en Circuito “Oscar Crespo” (Sucre, 1982), grave accidente en descenso al Puerto de Ilo (Perú, 1991), otro en la “Doble Copacabana” (1992), etc., etc… Sin embargo, él recuerda con mayor nitidez fragmentos como el del Gran Premio Tarija – Cobija 1992: “Pasó el terraplén donde estaba cerrado y el auto cayó al río… Murieron ahogados los dos. Armando Paravicini habló con el Presidente (Jaime Paz Zamora) para parar la carrera, pero éste le respondió que no, que no se podía parar la carrera, que ‘el show debía continuar’. Yo tenía ya una hora de ventaja, así que me fui más despacio, con el gran dolor que sentía por la partida de Juanito Morales y su copiloto Juan Conde…”.

Grandes circuitos internacionales lo vieron acelerar a fondo y lucir la destreza de su muñeca al volante. Por ejemplo, “Caminos del Inca” (Perú, 1989), carrera «The Race to the Clouds», (Colorado – Estados Unidos, 1991), rallys mundiales en Argentina (1993 y 1994) y carreras por las rutas de Brasil, Chile y Uruguay. En 1999 logró el Subcampeonato Sudamericano Codasur que terminó en el país charrúa con un golpe en la clavícula y con la complicidad de su navegante, Johnny Alcázar.

DULCES RECUERDOS

Cuéntenos un poco sobre esos momentos imborrables que compensan los sobresaltos y tristezas…

A.F.: Una vez en Entre Ríos vino una pareja con un bebé y me dice: “Queremos una foto con usted. “Cómo no, cómo no”. “Mi hijo se llama Armin, en honor suyo”. Y anécdotas parecidas se replicaron en varios puntos del país. En los alrededores del Lago Titicaca, por ejemplo, me hice de muchos ahijados de nombre Armin.

En otro lugar: Aparece una familia, el chico elegantísimo, de futbolista el muchacho, brillaba de limpio. “Una foto, se llama Armin como usted”. El chico ya de unos 8 o 9 años.

Una vez que hubo una carrera, no sé cuál era… Yo estaba en Camargo precisamente viniendo de Tarija, era primero y me tocaba partir. Y viene un hombre corriendo que me dice: “Por favor una foto, he viajado toda la noche y recién ha llegado el camión y queremos una foto”. La señora y sus dos hijos al lado. Y yo estaba nerviosísimo para largar, tenía menos de cinco minutos… “Vénganse rapidito”, a abrazarlos, qué sé yo, y sacarse la foto que él quería. Dio el tiempo exacto para que yo me ponga el casco, me abroche los cinturones y larguemos…

En Sucre una vez yo iba con el auto de carreras probando, voy, doy una curva y me choco con un bus. “Ay”, dije yo. Del bus se bajaron monjitas, un montón, cuántas habrían, no sé, cómo gritaban… Después de todo el sobresalto que tuvimos para reparar el coche, buscando ayuda, sin dormir, con fiebre, etc., ganamos la carrera. Entonces dije: “Bueno, la próxima vez que venga a Sucre, otra vez me choco con las monjitas y gano la carrera”.

ENTRE FAVORITOS Y PREFERIDOS

A la hora de recordar a las máquinas que acompañaron su carrera, Armin Franulic no deja a un lado a su compañero de debut, el famoso Torino naranja Nº 71; tampoco olvida al BMW del Banco Mercantil con el que ganó tres títulos nacionales; ni al Ford Escort con el que logró dos; ni a los autos con los que salió victorioso en los Campeonatos de 1992 y 1995: El Nissan Pulsar y el Ford Escort N4.

En 1991 llegó de una competencia en Colorado, Estados Unidos con un Mazda RX-7 y con la idea de proponer un cambio en la mentalidad del piloto boliviano.

“Mi corazón es Ford”, confesó en una entrevista para el programa “Alta Velocidad” (aprox. 2001), asegurando también que los viajes más placenteros y satisfactorios por los caminos de Sudamérica los había realizado a bordo de Mitsubishi.

La marca Toyota también fue brevemente probada por el campeón a finales de los años ochenta durante la carrera “Doble Bolsa Negra” que se realizó en La Paz y de la cual salió victorioso.

AL CIERRE

Tras una seguidilla de éxitos, 1995 fue el año en el que Franulic se despidió de los Campeonatos de manera oficial, aunque su afición por la velocidad y la competición siguieron vigentes por varios años más, llegando a compartirla con sus hijos.

Fue en el Gran Premio 2009, a sus 66 años, que corrió por última vez. Lo hizo compitiendo con el piloto Marco Bulacia, uno de los mayores referentes del automovilismo boliviano de las últimas décadas. Ganó una etapa y le tocó poner punto final a su ciclo deportivo.

¿Quiénes fueron las personas clave que estuvieron alrededor o detrás del éxito que alcanzó Armin Franulic?

A.F.: Absolutamente todo lo alcanzado lo debo al amor y apoyo de mi esposa Mercedes y de mis tres hijos (Mauricio, Pablo y Patricio); ellos crecieron y se convirtieron en mi soporte logístico; a mi primer compañero de aventuras, Eduardo Berdegué; a mi navegante, Johnny Alcázar; a mi incondicional mecánico, Jaime Villa; a Humberto Rada; Jorge Zapata; Samuel Bustillos; Leslie Koerning; y tantos, tantos otros…

LO QUE VINO DESPUÉS

Armin Franulic no corrió en el Dakar, pero fue el principal impulsor para que la competencia llegue a Bolivia el 2014, como Presidente de la Federación Boliviana de Automovilismo Deportivo (FEBAD).

En 2013 el Accidente Cerebrovascular (ACV) del cual fue víctima a sus 70 años, lo mantuvo a merced de un intenso trabajo de recuperación del movimiento y del habla, hasta que finalmente la terapia y su fuerza de voluntad lo sacaron adelante y lo pusieron al frente de la Asociación Municipal de Automovilismo de La Paz.

¿Qué viene para el automovilismo boliviano, después del protagonismo de aquellos heroicos caballeros que literalmente “hicieron camino”?

A.F.: Están figuras del Oriente boliviano como la de Eduardo “Happy” Peredo, quien ha acumulado varios campeonatos dentro de las nuevas modalidades del automovilismo, mismas que son muy diferentes a las que teníamos nosotros. Y por supuesto… Dos jóvenes mundialistas de nombres Marquito y Bruno Bulacia…

El campeón Marco Bulacia decidió no correr más el Dakar para apoyar a sus hijos; los ha apoyado con billetes y ahora Marquito corre en el WRC2, y ha estado en el podio de importantes rallys internacionales.

¿Qué deberían saber los chicos que sueñan con ponerse el casco, acelerar a fondo y triunfar?

A.F.: Primero, que mientras uno corre y corretea por aquí y por allá sin ser conocido, uno mismo tiene que ponerse los billetes, uno sobre otro; que esa etapa es muy difícil porque el esfuerzo debe ser propio y, como se dice, “de puro Quijote”. Que deben estar dispuestos a sacrificar muchas cosas, como el tiempo con la familia.

Y después que se dediquen al cien por ciento a cualquier deporte que hagan; nada de trago, nada de drogas, cien por ciento limpios. Que se dediquen, perseveren y se entreguen a lo suyo porque las cosas, cuando uno quiere y trabaja en ello, salen.

Finalmente, aconsejarles que es muy importante mantener un orden logístico al interior de la carrera automovilística; tener el auto siempre listo, y cuando llega la hora, largar con la mentalidad de que vas directo a abrazar la victoria.

BOLIVIANOS CAMPEONES 5

La Paz – Bolivia.

Beatriz Villa-Gómez C. – NEOCOM S.R.L.

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