Bernardo Guarachi

La fuerza y el valor del “Cóndor de los Himalayas” puso a flamear la tricolor en los picos más altos de los siete continentes del planeta

Conquistó las cumbres de todos los nevados de Bolivia. Llegó a la cima del Illimani 195 veces.

Es el primer y único boliviano que conquistó las siete cimas más altas de los siete continentes del mundo (de la clasificación “Seven Summits”). Completó el desafío en 2020 y con 66 años, al llegar a la Cumbre Vinson, la más alta de la Antártida.

Pocos saben de las innumerables proezas que nuestro alpinista realizó con esfuerzo propio. Quizás por eso ni autoridades, ni instituciones deportivas, ni la prensa le dieron el lugar y el apoyo merecidos.

Hoy sueña con regresar a las montañas y con una escuela de formación de guías y escaladores que lleve a la cúspide a jóvenes patacameños, cuya fuerza y valor –asegura– está en su sangre.

¿Cómo vive Bernardo Guarachi la actual crisis sanitaria?

Bernardo Guarachi (B.G.):  Bueno, el año pasado (2020) empezó todo este problema de la pandemia y la cuarentena rígida, justamente cuando yo había regresado de la Antártida en enero. Empezó este problema y ya no pude difundir nada sobre las actividades que realicé allá; pensé que iba a pasar la crisis sanitaria y me empecé a preparar para la próxima temporada de expedición, pero resulta que ahora estamos en lo mismo y que todo está muy limitado.

Realmente yo quería compartir con la gente mi experiencia en la Antártida que es “tierra de nadie” porque no tiene dueño. Si bien los países que tienen mucho poder están establecidos allí con bases científicas, es un territorio deshabitado, casi imposible de pisar, ya que está totalmente controlado y filtrado. Por eso pienso que es muy importante que un boliviano haya logrado entrar allí y haya podido conquistar su cima…

En enero de 2020 –como si hubiera adivinado lo que iba a venir después–, logré cumplir mi propósito de completar las Siete Cimas del Mundo, llegando al pico más alto de la Antártida. Por primera vez la bandera boliviana flameó allá, a pesar de todas las trabas que tuve que superar para lograrlo.

¿Qué es lo que más recuerda de su infancia?

(B.G.): Bueno, yo nací en Villa Totorani que queda en la localidad de Patacamaya en el departamento de La Paz, en diciembre de 1953. Cuando era muy pequeño, mi familia se trasladó a Arica, en busca de mejores oportunidades, ya que en Bolivia la vida era muy difícil para mis padres. Radicando en Chile, un día mi padre decidió regalarme a una persona que se llamaba Sabino Lima, cuando yo tenía siete años.

Es así que en ese tiempo me convertí en un niño de aventura; me he aventurado mucho. Me trasladé de Arica hasta Santiago, pasando por distintos lugares y ciudades, como Iquique, Antofagasta, Calama, el Desierto de Atacama, etc. He viajado por tren, pasando frío de noche y calor de día, hasta llegar a Santiago. Entonces yo pienso que he sido un niño al que le gustaba la aventura; y hoy me gusta la vida difícil.

¿En qué momento de su vida Bernardo se conecta con las montañas?

(B.G.): Cuando tenía 19 años, vino el golpe militar de Augusto Pinochet… Todos los jóvenes del barrio donde yo vivía eran perseguidos políticos. Muchos de mis amigos se fueron a Venezuela o a Europa como exilados. Entonces yo decidí volver a Bolivia.

Justamente en el momento en el que me estaba trasladando a Bolivia por la carretera La Paz – Oruro, me quedé dormido. Recuerdo muy bien que cuando abrí mis ojos, aparecieron frente a mí el Illimani y el Mururata, ambos brillando… En ese tiempo no sabía escalar montañas, no sabía nada, pero soñé y dije: “Cómo quisiera subir allá un día”.

Ese sueño se hizo realidad en el país que lo vio nacer…

(B.G.): Así es. Al llegar a La Paz en 1974, tuve la suerte de encontrar trabajo en una agencia de turismo de aventura que pertenecía a un español de nombre José Antonio Elorriaga. Él estaba empezando su emprendimiento y me contrató como parte de un grupo de muchachos que ayudaban en las expediciones que él dirigía.

Recuerdo el día que llegó el primer grupo de Alemania en el vuelo de Lufthansa a media noche. Del avión se bajaron personas que eran muy raras para mí porque tenían chamarras de pluma bastante infladas, pantalones cortos, zapatos grandes y todos eran barbudos. ¡Quién no querría estar con esa clase de personas! Eso me encantó…

A los pocos días me tocó acompañar a este grupo a la región del Condoriri y allí tuve la oportunidad de acercarme a la montaña por primera vez. He tocado el glaciar, he jugado con el glaciar y he visto cómo este grupo empezaba a uniformarse, a encordarse y a ponerse los grampones en sus zapatos grandes. Observé cómo penetraban al glaciar, empezaban a subir y se elevaban. En ese momento no tenía ni material ni experiencia, pero deseaba con mucha fuerza poder subir algún día.

¿Cuál fue la primera montaña que escaló en Bolivia?

(B.G.): La primera fue la más alta de Bolivia, el Sajama, en 1977. Sin material, sin botas y sin mochila, me uní a un grupo de norteamericanos. No sé cómo hice, pero sé que fue una experiencia que nunca voy a olvidar.

Poco a poco me fui desempeñando como guía de montaña… El Condoriri, el Huayna Potosí, el Illimani. Justamente en el Illimani uno de mis compañeros sufrió un accidente y, a raíz de eso, todos los muchachos abandonaron el trabajo. Renunciaron a seguir pasando hambre y frío, y sobre todo, a poner su vida en peligro. Yo seguí y me aferré a mi trabajo; siempre fui muy atrevido, muy desafiador y me encantaba desafiar a las montañas. Nunca perdí las oportunidades que se me presentaban; cuando había que subir, subía, y esto me permitió hacer muchas cosas, como llegar 195 veces a la cima del Illimani.

¿Qué es lo que más le gusta de estar en las montañas?

(B.G.): La montaña tiene algo especial; es muy sabia, es muy bella, muy limpia, y por eso siempre he sentido que pertenezco a esa porción del mundo que son las montañas. Allí no hay enfermedades, no hay egoísmo. En la montaña se comparte y todos somos unidos.

Un paso muy importante en su carrera deportiva fue la especialización. Cuéntenos al respecto…

(B.G.): En1978, gracias a amigos que vieron las cualidades que tenía y que hicieron el esfuerzo de invitarme, pude viajar a Alemania para capacitarme, durante tres años, en la Escuela de Formación de Guías de Montaña. Allí estuve radicando en la parte sur, al lado de las montañas, preparándome cada día, ejercitando, aprendiendo muchas cosas y experimentando en la roca, en la nieve, en todo tipo de pisos y alturas… Si no hubiera tenido esa oportunidad de especializarme, probablemente no hubiera podido conquistar otras montañas del resto del mundo.

Su paso por Alemania también le permitió entablar nexos para poder emprender un negocio en Bolivia, ¿cierto?

(B.G.): Sí, regresé a Bolivia con personas contactadas que tenían la intención de venir a La Paz para hacer expediciones. De esa manera empecé a trabajar con turistas, en un campo incipiente; no había agencias, no había guías, no había nada.

Después de haber recorrido algo de camino y con un pequeño capital de arranque, decidí abrir “Andes Expediciones”, agencia que cumplía con todas las exigencias impuestas por el entonces Ministerio de Turismo: oficina, herramientas de trabajo, vehículos, papeles en orden, etc.

El “boca a boca” nos permitió asegurar grupos que llegaban de todas partes del mundo a conocer Bolivia, a través de trekking y escaladas, y atrevernos a explorar nuevos destinos como Argentina, Chile, Perú y Ecuador.

Nuestro público estaba principalmente conformado por alemanes, austriacos, italianos, suizos, norteamericanos, holandeses, belgas, que eran sumamente exigentes y que no permitían ningún tipo de falla o error. Por años tuve que combatir con la informalidad y sufrir mucho para poder cumplir con los turistas. Al principio las comunicaciones eran más difíciles y lentas; manejábamos la radio, cartas y, más tarde, el fax.

Ha sido muy difícil, pero este negocio me ha permitido sostener a mi familia y cumplir gran parte de mis sueños.

¿Cómo conjugaba esta actividad tan demandante con las obligaciones familiares?

(B.G.): Yo pienso que he descuidado a mi familia, a mi esposa y a mis tres hijos varones… Se necesita una fuerza enorme que hoy no sé de dónde la pude sacar; hay demasiado riesgo, demasiada complicación y mucha preocupación los siete días de la semana. Nosotros hemos vivido en la familia muy estresados y yo he sido una persona que no tenía paz ni tiempo para nada.

Gracias a Dios mi familia sigue unida. A mi hijo mayor le gusta también la montaña, pero no ha podido seguir por falta de apoyo.

¿En qué momento aparece la inquietud de desafiar a las montañas más altas del mundo?

(B.G.): A medida que voy escalando más montañas, asistiendo a ferias de turismo y conociendo a deportistas de alta montaña, me empiezo a informar sobre las montañas más altas del mundo y me doy cuenta de que éstas son escaladas principalmente por alpinistas de los países más poderosos y desarrollados.

Este punto, sin embargo, no me desanimó a perseguir el sueño de conquistar el Everest. Fue así que me propuse, en primera instancia, desafiar al Makalú de 8.463 metros y que –como el Everest– es parte del Himalaya.

En 1994 me uní a la expedición conformada por alpinistas de Estados Unidos, Inglaterra, un representante de Rusia (Antoli Bokerao, famoso alpinista que meses después murió en el Himalaya), y mi persona, en representación de Bolivia.

Iniciamos la caminata con unos 300 sherpas que transportaban el cargamento para más de dos meses. Pasamos por lluvias, nieve y vientos huracanados durante los 14 días que duró la aproximación a la montaña.

El grupo expedicionario se fue reduciendo poco a poco hasta que quedamos 12 montañeros. Los primeros en llegar a la cima fuimos Anatoli y yo el 29 de abril del ‘94 a las dos de la tarde.

Ese fue mi primer ocho mil logrado. Fue algo que nunca voy a olvidar por todas las dificultades que implicó, desde tener que buscar nueve tipos de vacunas hasta lograr cubrir todos los gastos que llegaron a alrededor de 38.000 dólares. La conquista del Makalú me preparó para dar el siguiente paso que fue el Everest. En septiembre del mismo año, llegué nuevamente al Himalaya y tuve dos intentos fallidos. Tuvieron que pasar cuatro años para que, en 1998, pueda coronar el pico más alto del mundo.

¿Cómo surge el desafío de las Siete Cimas del Mundo?

La marca mundial “Seven Summits” es el nombre del proyecto de los escaladores de todo el mundo que sueñan con coronar el techo de cada uno de los continentes. Yo soñé con eso y lo cumplí con mi propio esfuerzo. Creo que todo sacrificio tiene su recompensa cuando se alcanza la cima de las montañas más difíciles, peligrosas, hermosas y desafiantes del planeta, como el Aconcagua, a cuya cima llegué en 1986, junto a mi colega Juan Villarroel; el Everest al que conquisté en mayo de 1998, junto a dos especialistas de Singapur y un pequeño grupo de sherpas; el Mackinley al que llegué en 2002 con un grupo de expedicionarios alemanes; el Kilimanjaro al que llegué en 2015 con guías africanos; el Elbrus, al cual llegué en 2016 con alpinistas rusos; Carstensz, pirámide que conquisté el mismo año con un grupo de escaladores de diferentes países; y el Vinson, cuya cima fue alcanzada el 2020, después de haber sorteado una variedad de complicaciones. En primer lugar, había postergado el proyecto durante tres años por falta de apoyo; me aventuré a la difícil expedición después de una operación que me dejó una herida que no estaba completamente cerrada, justamente porque no podía arriesgarme a perder nuevamente la oportunidad de escalarla. Enfrentamos temperaturas de -70 Cº y estuvimos cuatro días atrapados en una tormenta…

¿Cuáles considera que fueron sus principales virtudes como escalador, mismas que le permitieron superar toda clase de obstáculos?

B. G.: Bueno, recuerdo que un año, por ejemplo, los compañeros de Singapur escribieron: “El Bernardo es un alpinista de talla internacional; sueña con la montaña de una manera muy diferente a los demás”.

Yo también he podido comprobar que muchos alpinistas internacionales tenían mucha dificultad, les costaba aclimatarse semanas y les costaba mucho recuperar su energía. En cambio, yo no… Directamente llegaba a la montaña todo aclimatado, no necesitaba aclimatación ni nada.

En el tiempo en que pude alcanzar la cima del Everest, cuando tenía 46 años más o menos, tenía una condición física enorme, tenía resistencia, técnica y era el más poderoso de todos los alpinistas que tenían el mismo objetivo que yo. Pero creo que el país no lo vio y tampoco lo entendió. Quizás si el Estado me hubiera apoyado, hubiera hecho mucho más, hubiera podido hacer los 14 ocho mil del mundo…, pero nadie me ha hecho caso. Yo creo que fui un recurso humano desaprovechado.

Pienso que mi fuerza y mi valor, está en mi sangre. Un médico boliviano que ya falleció, de manera privada quiso estudiar mi sangre y, si no me equivoco, envió muestras de mi sangre al Japón para su investigación. No sé en qué quedó esa historia, pero quizás esa investigación podría ser útil para futuros deportistas bolivianos.

¿Cómo logró evitar accidentes o catástrofes, practicando una actividad tan arriesgada por tantos años?

B. G.: Bueno, en la montaña usaba al cien por ciento mis cinco sentidos que se concentraban en mi caminar y en mi respiración. Tengo buena coordinación y la capacidad para fijar mi atención únicamente en mis pasos y en mi respiración durante horas y horas.

También pienso que me ha ayudado mucho la fe y ser muy respetuoso de la montaña. Cuando yo escalo montañas, la palabra “Dios” no falta en mi boca; durante todo el ascenso menciono cientos de veces a Dios.

Todo eso me alejó siempre del cansancio o agotamiento físico, y me libró de los accidentes y posibles catástrofes.

¿Con qué sueña Bernardo hoy?

B. G.: Bueno, me gustaría retomar mis actividades y volver a las montañas.

Sería lindo que en Bolivia los alpinistas pudieran dedicarse sólo a prepararse y a escalar, sin tener que preocuparse de nada más, como los deportistas de otros países que todo su tiempo lo dedican a su preparación y es el Estado y las empresas los que se encargan de cubrir sus viajes, sus expediciones, su material y también su preparación. Yo he escalado con compañeros de muchos países que todo el año se preparan físicamente y que todos los años están en las montañas porque no tienen que preocuparse por la plata.

Pienso que en Bolivia, especialmente del lado de Patacamaya, hay muchos muchachos de la misma condición física de Bernardo. Y eso me hace pensar y soñar con formar un equipo capacitado de escaladores, como el de los sherpas (que son pobladores de las regiones montañosas de Nepal) y que, con el apoyo necesario, conquisten las cimas más altas del mundo y pongan a Bolivia en la cúspide.

Yo estoy seguro de que, con una escuela de formación de guías y escaladores de alta montaña, podríamos hacerlo hasta mejor que los sherpas, y muchos jóvenes de escasos recursos tendrían la oportunidad de forjarse un futuro promisorio. La cosa es que el Estado entienda aquello y apoye este tipo de iniciativas.

BOLIVIANOS CAMPEONES 2

La Paz – Bolivia.

Beatriz Villa-Gómez C. – NEOCOM S.R.L.

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