Ramiro “Chocolatín” Castillo:

De Los Yungas a la eternidad

No sólo está considerado entre los mejores futbolistas de todos los tiempos, sino que –sin planearlo– se convirtió en abanderado de la reivindicación social del pueblo afrodescendiente, por siglos ignorado. A 23 años de su partida, su recuerdo perdura en el imaginario de los bolivianos que lo vieron brillar como un volante ofensivo con garra, y su legado inspira a cientos de niños yungueños a jugar al fútbol y cruzar fronteras con raíces, con orgullo y con valor.

Ramiro –cinco años menor que Eloy y cuatro años mayor que Iván– tras una infancia impregnada de chilenas y gambetas, a los 15 años decidió probar suerte en la capital altiplánica, alternando su preparación futbolística en clubes de la Asociación de Fútbol de La Paz (AFLP) con los estudios escolares en horario nocturno.

El legado de los Castillo – Salinas

“Nuestros padres se han mantenido al margen de lo que nosotros hacíamos como futbolistas y eso creo que es digno de destacar; ellos veían de un costadito el éxito de los hijos y se acercaban cuando éstos estaban pasando un mal momento”, confiesa el ex futbolista del Club Bolívar, Iván Castillo, a tiempo de rememorar viejos tiempos.

Los hermanos Eloy, Ramiro e Iván Castillo Salinas, oriundos de Coripata –pueblo yungueño de abundante vegetación– nacieron y crecieron en el seno de una familia afro-boliviana, humilde y numerosa, compuesta por los padres Francisco y Primitiva y una docena de hijos que pertenecían a distintas generaciones.

La madre –entregada a las tareas de la casa y a pequeños trabajos para el sustento del hogar–, solía contar que, en una primera etapa del ciclo familiar, seis de los hermanos fueron falleciendo paulatinamente, quedando otros seis con vida. Tres varones –Eloy, Ramiro e Iván–, desde la escasez y en distintos momentos, se alejaron de su pueblo para estudiar y salir adelante. En la ciudad de La Paz, sacando ventaja de sus condiciones genéticas, talento natural y pasión por la práctica del deporte, se hicieron futbolistas profesionales, alcanzando el reconocimiento al que jamás habían aspirado cuando jugaban en la canchita del pueblo yungueño, irradiando la inocencia propia de la infancia.

Eloy, el mayor, se desempeñó como arquero de varios clubes del país y más adelante se dedicó al entrenamiento de nuevos talentos.

Iván Sabino, por su parte, fue acogido por Eloy mientras asistía al colegio en la sede de gobierno. Años después, con la inquietud de estudiar una carrera que le permitiera forjar su futuro, volvió a La Paz sin sospechar que su actividad de ocio en villas, canchitas y plazas, lo convertiría en un destacado profesional de la Liga Boliviana.

Ramiro –cinco años menor que Eloy y cuatro años mayor que Iván– tras una infancia impregnada de chilenas y gambetas, a los 15 años decidió probar suerte en la capital altiplánica, alternando su preparación futbolística en clubes de la Asociación de Fútbol de La Paz (AFLP) con los estudios escolares en horario nocturno.

Iván Castillo: «Mis hermanos sudaron sangre para poder conseguir sus objetivos, y uno de los más importantes era colaborar a su familia”.

“El Chocolatín”

A los 18 años, Ramiro Castillo estrechaba la mano de don Rafael Mendoza Castellón para sellar su primer contrato profesional y comenzar a trazar su historia de la mano del Tigre de La Paz. De entrada, el buen ojo del ex jugador y entonces DT del cuadro aurinegro, Wilfredo Camacho, lo hizo titular y dueño de la camiseta Nº 10.

El jugador de buena técnica era también poseedor de un tímido carisma que no ocultaba la nobleza de su alma. Cuenta Iván que se desvivía por ayudar a su familia y por cumplir a cabalidad el rol que él mismo se había asignado: ser buen hijo, buen hermano, buen padre. “Él fue un excelente ser humano que me inculcó los valores que se necesitan para ser una buena persona”, asegura el menor de los Castillo. Y prosigue: “Creo que Ramiro sentía un cariño especial por mí porque siempre me andaba controlando, se preocupaba mucho por mí. Él quería que antes de ser futbolista tenga una profesión… Mis hermanos sudaron sangre para poder conseguir sus objetivos, y uno de los más importantes era colaborar a su familia”.

Ramiro e Iván compartieron experiencias en el ámbito futbolístico como la de las Eliminatorias al Mundial de Estados Unidos 1994. “Compartíamos el comedor, las charlas, el almuerzo y la cena, pero yo era reacio a estar siempre con él porque lo veía como a un padre que merece mucho respeto. A mis padres yo nunca me acercaría para compartir un vaso de vino, por ejemplo. Yo lo tenía a Ramiro arriba, en un pedestal, aunque él era muy cariñoso conmigo. Por eso prefería estar con otros muchachos de la Selección que tenían mi edad”.

Por su parte, el ex jugador, Milton Melgar, quien compartió con “El Chocolatín” la experiencia de jugar en los clubes más prestigiosos de Argentina, afirma: “Hemos convivido mucho, tanto que lo conocía muy bien. En la Argentina nos juntábamos en mi casa o en su casa, compartíamos con la familia y eso hizo que realmente tengamos una buena amistad. En lo deportivo sin duda que era un genio porque era un jugador muy rápido y hábil; no era muy grande pero la velocidad y técnica que imprimía, lo hicieron único. Llegó a brillar en grandes equipos como el River Plate y ni hablar en la Selección… Siempre era un convocado fijo por ser uno de los más destacados en esa época del fútbol boliviano”.

Dos periodistas deportivos de indiscutible prestigio en el medio vieron en el jugador la combinación perfecta entre el color del cacao yungueño y la dulzura propia del chocolate.

Dos periodistas deportivos de indiscutible prestigio en el medio se atribuyen la creación del apodo del ídolo. Lo cierto es que ambos vieron en el jugador la combinación perfecta entre el color del cacao yungueño y la dulzura propia del chocolate. Por su parte, el futbolista siempre se mostró identificado y orgulloso de su apelativo.

La prensa nacional rememora una escena inolvidable en el marco de las Eliminatorias del 93 con la victoria de La Verde frente al gigante Brasil: Ramiro Castillo, el queridísimo “Chocolatín”, paseándose en una suerte de vuelta olímpica, llevando en hombros a José Manuel –su pequeño hijo de tres años.

Nadie hubiera adivinado que cuatro años después, también en el marco de un partido contra el Brasil (Semifinal Copa América de 1997), el delantero Nº 20 de la Selección boliviana tuviera que abandonar el estadio de emergencia para acudir al centro hospitalario donde José Manuel se debatía entre la vida y la muerte, víctima del Síndrome de Reye. El pequeño, a pocos días de cumplir ocho años, sucumbió a la enfermedad. Tras tres meses de profunda depresión, el padre voló al encuentro del hijo amado, dejando un enorme vacío en su familia y en un pueblo boliviano que, a 23 años de su partida, sigue añorando al carismático ídolo de corazón atigrado.

Esposo, padre, deportista, amigo…

Carmen Crespo, viuda de Ramiro Castillo Salinas, recuerda a “su negrito” como un gran padre y esposo. “Él era un ángel para nosotros”, confiesa la mamá de Ramiro (33), Marjorie (24) y José Manuel, quien –de no haber partido precipitadamente a los siete añitos– probablemente este año estaría celebrando sus 30.

También destaca que una de las principales virtudes de su esposo era la humildad y su capacidad de priorizar, ante todo, el bienestar de su familia. El hecho de que sus padres hubieran tenido que enfrentar la pérdida de varios hijos, lo llevó a ser muy insistente en el tema del cuidado de la salud de los suyos. “Él era muy sobreprotector y cuidadoso. Cuando llegábamos a un nuevo lugar de residencia, lo primero que hacía era localizar a un buen pediatra”, hecho que hizo aún menos aceptable la enfermedad y posterior deceso de su segundo hijo, en quien se veía reflejado y con quien compartía muchas aficiones.

Prosigue: “Como deportista era sumamente disciplinado. Siempre estaba preocupado por cuidar su salud, su estado físico y su alimentación. Era muy perfeccionista y cuando llegaba de alguna derrota, se encerraba en su escritorio a analizar todos los detalles del partido que había dejado grabando previamente”.

Carmen confiesa que recuerda con infinito agradecimiento al jugador Oscar “Cabezón” Sánchez (Q.E.P.D.), quien siempre estuvo al lado de su esposo y apoyando a la familia cuando éste falleció. Asimismo, se siente afortunada porque durante la estancia de la familia Castillo Crespo en Argentina, ésta cosechó grandes amistades que perduran hasta hoy. “Gracias a que Ramiro era muy sociable, la familia del delantero argentino Germán Panichelli nos adoptó y la familia Novas Tellería en Buenos Aires tuvo un lugar muy especial en nuestras vidas… Son muchos recuerdos bonitos que Rami me dejó”, concluye la futbolera hincha de The Strongest, quien conserva la fotografía de una feliz vacación en familia, en cuyo anverso el exitoso deportista y orgulloso padre había escrito: “Después de esto, no quiero más vida”.

Luces y sombras del talento afro-boliviano

A partir del fenómeno de los hermanos Castillo en los años 80 y 90, el pueblo afro-boliviano de Los Yungas de La Paz fue –no oportuna pero sí justamente– reivindicado. Se puso sobre el tapete la proliferación de figuras oriundas de Coroico, Coripata, Irupana o Chicaloma que desde los ‘60 habían ido destacando en el fútbol profesional, perpetuándose la región subtropical de Bolivia como semillero de grandes futbolistas que emergían del torneo inter-provincial: Celedonio Flores –más conocido como el “Garrincha” yungueño–, Juan y Luis Iriondo, Natalio Flores, Rómulo Alaca, Demetrio Angola, Julio y Rubén, Jaime Peña y Víctor Hugo Angola Zabala, entre otros.

Al respecto, Iván Castillo comenta: “Creo que la cantidad de buenos jugadores emergidos de Los Yungas de La Paz no se ha reducido, más bien ha crecido. Están como ejemplo de ello Leonel Morales, Ramiro Ballivián, Jaime Arrascaita, Augusto Aldaberis, Henry Alaca, Ariel Ballivián, José Espejo, Adrián Jusino, Erlan Álvarez, Jeyson Siquita, Osvaldo Nova, etc. Sin embargo, las oportunidades que la ciudad de La Paz ofrece a los deportistas sí se han visto disminuidas en los últimos años. Las dirigencias no ven que apostar al futbolista yungueño siempre va a ser positivo para cualquier institución. Se trata simplemente de abrirles la puerta y cobijarlos. Estoy seguro que a la larga ellos sabrán demostrar sus condiciones”.

Iván Castillo considera que el potencial yungueño no es exclusivo de la población afro por lo que la proyección de Los Yungas es aún más grande. En contraparte, existe la teoría de que actualmente un porcentaje importante de la juventud yungueña está alejada de la práctica deportiva al concentrar sus actividades en la comercialización de la tradicional hoja de coca que representa un negocio que soslaya las condiciones de extrema pobreza.

En todo caso, existen cientos de niños y jóvenes que hoy en día vuelcan su energía en el disfrute del deporte de multitudes y que sueñan con el momento de cruzar la tranca y llegar a la gran ciudad. El camino que tendrán que transitar, sin embargo, probablemente presentará las mismas trabas que tuvieron que sortear sus antecesores. La principal, el persistente racismo. “Creo que todos los afro-bolivianos que salimos de Los Yungas fuimos valientes y luchadores porque sufrimos en carne propia la discriminación”, confiesa Iván Castillo.

«Soñaba con abrir espacios de formación de nuevos talentos y su corta vida le dio la oportunidad de hacer realidad su anhelo de fundar una escuela de fútbol en la ciudad de El Alto y otra en su natal Coripata».

Escuela de fútbol “Ramiro Castillo”, El Alto

Una de las particularidades de Ramiro Castillo fue su especial afecto por los niños. Más allá del fuerte vínculo amoroso que lo unía a sus tres hijos, era propenso a pasar tiempo con niños futboleros que lo saludaban en la calle o que le pedían un autógrafo o una fotografía. Dueño de una genuina humildad, solía invitar a sus pequeños seguidores a sus entrenamientos con su equipo o con la Selección, o les regalaba sus poleras. Soñaba con abrir espacios de formación de nuevos talentos y su corta vida le dio la oportunidad de hacer realidad su anhelo de fundar una escuela de fútbol en la ciudad de El Alto y otra en su natal Coripata.

Los frutos de la noble iniciativa, sin embargo, salieron a la luz después de su muerte.

Entre el año 99 y 2000, su hermano Iván se hizo cargo de la escuela de El Alto que por dos años había estado prácticamente abandonada. Según recuerda el ex jugador, la tarea de sacar adelante el proyecto del hermano perdido, no fue fácil. “Al principio contábamos con muy pocos niños y con un par de adolescentes que tenían muchas ganas de triunfar. Armamos un equipo Sub 15 de 11 chicos y otro Sub 17 que contaba únicamente con 6 muchachos. De esa forma fuimos trabajando con chicos netamente alteños –porque la idea de mi hermano era dar oportunidad a jugadores de El Alto– hasta que llegamos a tener todas las categorías de la Asociación de Fútbol de La Paz. Poco a poco fuimos reforzando las categorías Sub 12 hasta la Sub 19 y empezamos a conseguir títulos. Incluso llegamos a ser la mejor Escuela de la Asociación, junto con la ABB y la del Bolívar”.

En 2009 el proyecto de formación en El Alto había logrado consolidarse con buenos resultados. Paralelamente, Iván Castillo dejaba el fútbol profesional a sus 37 años e iniciaba una nueva etapa de proyectos y retos personales. Actualmente la escuela funciona de manera privada y mantiene el nombre de su fundador.

Iván Castillo, desde su tierra natal, dedica su vida a la familia y a la formación de deportistas yungueños en el marco de un proyecto inspirado en Ramiro y denominado “Hermanos Castillo”.

Escuela de fútbol “Hermanos Castillo”, Coripata

Iván Castillo, desde su tierra natal, dedica su vida a la familia y a la formación de deportistas yungueños en el marco de un proyecto inspirado en Ramiro y denominado “Hermanos Castillo”.

“Hace tres años me dedico a una pequeña escuelita, con el fin de coadyuvar al crecimiento deportivo de la juventud y la niñez. Tenemos entre 90 a 100 muchachos de Coripata, La Asunta e Irupana, y trabajamos en las categorías Sub 16 a la Sub 19”, comenta el entrenador.

Del trabajo realizado surgieron ya los primeros frutos: Dos jugadores convocados a la Selección boliviana Sub 15 y Sub 17; muchos en la reserva de Bolívar y en las divisiones menores de The Strongest; otros en la AFLP; y la participación del equipo en los campeonatos de la Asociación.

Con mucho esfuerzo, también se logró habilitar un internado con un pequeño comedor, una sala de exposición y una sala de video. Asimismo, en la cancha se construyó una banca de suplentes y el tinglado de las graderías.

Sin embargo, de acuerdo a la explicación de Castillo, quedan muchas metas por alcanzar:

  • Se debe lograr la consolidación de un nuevo modelo de formación integral que incluya aspectos psicológicos y nutricionales. “A veces no sabemos si el chico ha venido comido de la casa o si al terminar el entrenamiento va a comer”. A ello se suma que actualmente la contextura y el talento innato de los jugadores afros está desapareciendo por la mezcla de razas, lo cual exige mayor atención en la alimentación de los muchachos.
  • Lograr la construcción y equipamiento de un gimnasio que permita competir con futbolistas que cuentan con todas las facilidades para la potencialización física de sus recursos.
  • Lograr el apoyo del Ministerio de Deportes y autoridades competentes para fomentar y atender a los deportistas de esta región del país.

Edición 1.21. ESTRELLAS DEL FÚTBOL

La Paz – Bolivia.

Beatriz Villa-Gómez C. – NEOCOM S.R.L.

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